Es uno de mis escritos que más me gustan, lo cual es raro porque suelen no gustarme mis escritos. Y es bastante viejito ya, de hace dos años más o menos. Así que ya era hora de que esté acá también.
Era una noche fresca, y casi se podía ver el frío flotando alrededor de uno. Las estrellas se encontraban ocultas tras una gruesa capa de nubes y, pese a eso, el color del cielo eran tan parejo que parecía haber sido recortado por alguna mano hábil. Junto a los edificios, árboles y demás cosas que se encontraban en contraste con el cielo, también había una figura humana. Un hombre no muy alto de cortos cabellos oscuros, que llevaba un sobretodo igual de oscuro que sus cabellos, y caminaba sigilosamente entre las sombras. Esto último lo hacía ya de costumbre, las calles estaban vacías, sólo árboles dormidos eran las únicas vidas que había por su camino, y ellos no se despertarían, ni tampoco lo delatarían. Siguió su camino mientras la lluvia lo amenazaba con caer, dobló en un callejón y se apoyó contra un muro. Metió la mano dentro de su abrigo y sacó un papel arrugado, examinó el mapa detalladamente, y luego lo prendió fuego con un encendedor. Siguió caminando mientras esa luz se extinguía, pasando por ventanas de diversos tamaños, puertas, rejas; un paisaje de ciudad. Algunos sonidos lejanos rompían de vez en cuando el silencio; un perro ladrando, un tacho de basura rodando, alguna que otra bocina de un alma sin rumbo. Y finalmente veía al final de la calle, era la casa que buscaba. De altos paredones, con dos pisos, un jardín... sin duda a alguien ahí dentro la vida lo había tratado bien. Subió de un salto la pared externa de la casa, que separaba las calles del jardín, y examinó el panorama interior. Dos hombres estaban de pie en la puerta principal, en un silencio tal que por un momento dudó si no eran quizá de mármol. Sabía lo que tenía que hacer, así que metió la mano en su abrigo y sacó a su eterna compañera de oscuro metal. Casi simultáneos, dos silbidos en el aire y las estatuas de carne se desplomaron sobre el jardín. Silencio. Bajó del muro y caminó unos pasos por el jardín; en ese momento notó que siempre hubo una luz encendida en el primer piso... le llamó un poco la atención, ya que este no era horario de luces encendidas. Revisó a los que en el pasto yacían, pero no llevaban nada de interés... ninguna llave. Se sonrió para sí mismo y se dijo “bueno, seamos originales...”, y tocó el timbre. Esperó un par de minutos y finalmente oyó algunos pasos del otro lado del umbral, acercándose a él, un ruido de llaves en una cerradura, una puerta crujiendo...
Una mujer de unos treinta años asoma su rostro -¿Qué desea?-
Nuestro hombre de negro responde enseñándole a su metálica compañera en el rostro - Mantén silencio, y llévame ante él- Le pareció extraño, cuando luego se puso a pensar, que la mujer no haya hecho ningún comentario acerca de la hora. La puerta se abrió del todo, invitándolo a pasar, para luego cerrarse detrás de él. La mujer se adelantó y él apoyó su revolver contra su espalda. Ella se sobresaltó, pero siguió caminando, en dirección hacia una escalera...
- Su trabajo me asombra, señor Raven ... tiene usted un currículum realmente impecable- comenta un hombre de edad avanzada mientras ojea una lista de más de cien nombres, todos ellos ya sin vida a la que asociarlos.
-No es necesario que me diga eso, he de suponer que así fuese para que me llame- se limitó a contestar la figura de negro.
El otro hombre, que se encontraba hojeando el currículum sentado frente a un escritorio, se levantó de su asiento –Además, dice usted que puede cumplir con toda especificación respecto al trabajo...-
-Hasta el punto de que si quiere una bala en el ojo izquierdo, ahí estará-
-Eso he oído...- comenta mientras busca algo en un gabinete a un lado del escritorio.
-Bueno, señor Anderson, ¿va a hablarme del trabajo o no?- pese a las palabras, el señor Raven no se escucha para nada impaciente.
-Sí, sí, a eso iba...- Toma un sobre grande del gabinete, y se sienta nuevamente frente al escritorio, dejando caer el sobre frente a su interlocutor, quien lo toma entre sus manos y comienza a abrirlo.
-Muy bien, William Raven, encontrarás todos los detalles de tu objetivo ahí dentro; su nombre, fotografía, dirección...–
-Es un anciano- Comenta William al examinar la fotografía.
-Así es, y está enfermo... no le queda más de un mes de vida...-
-Si es así, ¿porqué requieres de mis servicios?; ¿acaso no puedes sólo esperar un mes?-
-No. Durante ese mes... el maldito viejo me dañará más que nadie. Verás, tuve un problema con él, y dijo que me borraría de su testamento, y que en este mes que le queda de vida se aseguraría de que yo obtenga lo que me merezco... y yo no pienso darle el tiempo. Así que como podrás suponer, necesito que hagas este trabajo lo más rápido posible. Regresa cuando esté hecho-
-De acuerdo- y William Raven se retiró de la habitación, bajó unas escaleras y salio a la calle.
Mientras caminaba no podía dejar de pensar... “es un anciano, le queda sólo un mes de vida... ¿para qué?. Bueno, al menos éste no me despertará ningún remordimiento, ya ha vivido todo, y de todas formas va a morir”. Así, mientras William se sumergía en sus pensamientos, fue cayendo y recordando cuando entró en el negocio... empezó como mercenario, pero algún día alguien lo llamó asesino, y por ese trabajo comenzaron a llamarlo siempre. A veces se preguntaba si estaba mal dedicarse a eso, nunca podía contestarse esa pregunta del todo... Después de todo, el nació con este único talento... ¿acaso era malo aprovechar tu único talento? No podía ser así. Un trueno sonó de improviso entre las nubes y lo sacó de sus pensamientos y recuerdos... la lluvia comenzaba a amenazar. William tomó un papel del sobre y leyó la dirección “es cerca... voy a hacerlo ahora mismo, y con este me retiro, ya no más”.
Al subir las escaleras detrás de la mujer que le abrió la puerta, repasaba todos los hechos de esa noche en su mente.
-Es por aquí, sígame por favor...- la voz de la mujer penetró en su mente, y se limitó a seguirla. Una vez arriba, la mujer se dirigió a una puerta de madera, mientras pasaba la mano por el barandal de la escalera. Ella se detuvo en seco frente a la puerta, y el revolver se reencontró con su espalda.
-Abra la puerta, lentamente y sin hacer ruido...- le susurró William en el oído. Ella le contestó emitiendo un leve sonido de aceptación, y depositó lentamente su mano sobre el picaporte, girándolo y ejerciendo un mínimo esfuerzo para abrir la puerta lentamente. Mientras, afuera la lluvia finalmente cumplió sus amenazas y comenzó a caer; se la oía repiquetear contra el techo, las paredes y las ventanas; y fue ese el sonido que tapó el leve crujido de la puerta al abrirse, ese crujido que probaba el tiempo que esa puerta llevaba ahí. La mujer abrió lentamente la puerta, y dio un paso dentro, dejando ver la habitación. William reconoció al instante la tenue luz batallando contra la oscuridad en la habitación, era aquella que había visto desde abajo hace un rato. El cuarto parecía ser un estudio, había bibliotecas repletas de libros de páginas amarillentas, una alfombra cubriendo las maderas del suelo, un par de sillas y una mesita con una vela brillando débilmente sobre ella. En una de las sillas, que estaba de espaldas a él, y enfrentada a una ventana desde la cual se veían las gotas de lluvia resbalar, había una figura humana, sobresalía del respaldo una cabeza con una corta y blanca cabellera... sin duda ése era su objetivo. William se adelantó a la mujer mientras la sostenía con una mano, y caminó lentamente hacia la silla donde se encontraba el anciano. Mirándolo ahí yaciendo hacia la ventana, con la vela encendida y consumiéndose, no podía saber si estaba despierto, durmiendo, o quizá ya muerto. Miró de reojo a la mujer un paso dentro de la habitación y le extrañó que no haya intentado nada para proteger al anciano, ya sea su hija, su empleada o cualquier otra cosa. Se colocó justo detrás de la silla y lentamente llevó el revolver hacia la blanca cabellera, para finalmente apoyarlo contra la nuca del anciano... al mismo instante, como anunciando lo que sucedería, un trueno sonó fuertemente mientras un relámpago teñía de blanco toda la habitación durante un instante. Su dedo se acercó al gatillo lentamente.
-Aún no he comido helado...- sonó por toda la habitación una voz erosionada por los años. El dedo de William se detuvo al instante, totalmente incapaz de disparar... un torrente de pensamientos corrió por su mente. Nada jamás lo había hecho titubear; había matado niños, viejos, mujeres, hombres, y ningún grito, llanto o súplica lo había detenido. Y ahora este anciano moribundo, a quien sólo viene a adelantarle lo que de todos modos sucederá en menos de un mes, congeló cada músculo de su cuerpo con una frase totalmente incoherente al momento...
-¿Qué dices, viejo?- se apuró a cuestionar, aún sosteniendo el arma en la nuca del anciano, pero ya sin el dedo en el gatillo.
-Sé que suena extraño... pero en mis setenta y un años jamás he comido helado, y es sólo que no quisiera morir sin hacerlo...-
El arma en las manos de William comenzó a temblar, prueba fehaciente de que así lo hacían sus manos; y al notar el arma temblando en su nuca el anciano habló nuevamente.
-¿Porqué no tomas asiento un momento?- El hombre que tenía un arma en sus manos lo dudó durante casi un minuto, durante el cuál sólo se escuchaba el repiqueteo constante de las gotas de lluvia. Finalmente bajó su arma y temblando se acercó a la otra silla y se sentó. El anciano giró su silla y se acomodó frente a él, llevaba una bata larga y gastada, que combinaba bien con esta habitación e incluso con él mismo. Con las manos sobre los apoyabrazos, dirigió sus cansados ojos a William.
-Eres un anciano, morirás en un mes de todos modos, ¿porqué no puedo matarte ahora y ahorrarte ese tiempo?- preguntó William, ya sin saber si lo preguntaba al anciano o a sí mismo.
-Verás, por más que sea un anciano hay cosas que aún no hice... y es justamente porque me queda sólo un mes que sé qué cosas quiero hacer, y si me matas ahora no podré hacerlas...- la voz del viejo era tranquila, como si no le molestara dejar un silencio entre cada frase, como si tuviese tiempo de sobra. Mientras decía esto, la mujer que había permanecido detenida en la puerta se puso detrás de la silla de William y apoyó sus manos sobre los hombros del intruso, o invitado, quien se sobresaltó... pero no hizo ni dijo nada debido a lo ya inusual de la situación.
-¿Anderson te envió, no es así, William Raven?- cuestionó el anciano, y cuando William estaba a punto de abrir la boca nerviosamente continuó –Era obvio que él enviaría a alguien... y en cuanto a tu nombre... tu reputación te precede, y él sólo contrataría al mejor- se aclaró la garganta –Pero verás, aún no estoy listo para morir, tengo un mes de vida y voy a usarlo para hacer todo lo que me falta...–
-¡¡Pero has vivido setenta y un años!! ¡¿Cómo es que aún te quedan cosas por hacer?!-
-Es que, William, uno nunca se percata de todo lo que no hizo hasta que sabe que le queda poco tiempo... Nunca comí helado, como te mencioné... Tampoco caminé nunca en un bosque durante la noche...- el anciano tenía la mirada dirijida hacia William, pero sus ojos lo traspasaban y miraban más allá.
-De todas formas, es mi trabajo, yo no puedo simplemente...–
-Lo sé– interrumpió el anciano –pero déjame seguir... ¿sabés que más nunca hice?- la mujer se corrió de detrás de William –yo aún no he matado a nadie...-
Un poderoso trueno le colocó el punto a la frase del anciano, acompañado de un relámpago... cuando todo recuperó su color, William yacía sentado con un hoyo humeante en su cráneo, y el viejo sostenía un revolver entre las largas mangas de su bata, aún caliente y humeante; y lo dejó caer al suelo, dirigiendo una mirada a la mujer –Natalie, tacha matar a alguien de la lista...-
-Si, Andrew...– Natalie sacó de su bolsillo izquierdo un papel arrugado y una lapicera, y usando la pared de apoyo, tachó una línea. El anciano miró el cuerpo de William –Y, Natalie... fíjate si puedes limpiar esto luego-
-Por supuesto...y, ¿Andrew?-
-¿Sí...?-
-Mañana iremos a comer helado-

2 comentarios:
Bueno, este cuento lo leí hace muchísimo... y te dije que me gustó, especialmente el final...
Esta bueno, pero aún no me cabe en la mente que exista ser humano que jamás haya comido helado xD jajaja!
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