Hoy tuve un momento en el día en el que no tenía absolutamente nada que hacer en mi casa. Me sentí encerrado, limitado, por lo que decidí salir a caminar. Eran poco más de las siete de la tarde, el cielo estaba ligeramente claro, como él último equilibrio perfecto entre el día y la noche, justo antes de oscurecer. Había una brisa fresca que no llegaba a calificar como frío, por lo que las condiciones eran ideales para caminar por ahí.
Primero bajé, y empecé a caminar dentro de mi barrio; y vi un gato blanco escapar delante de mí. Daba unos cuantos pasos rápidos, y se volteaba a verme, y así hasta que al dar la vuelta a un arbusto, desapareció como un ninja entrenado. Me acerqué a la reja que limitaba el barrio, y la abrí. Caminé por los alrededores, y cuando el barrio se terminó, seguí caminando más allá. Unos cuantos pasos después pasé por un colegio donde asistí hace ya muchos años, y sin ir mucho más lejos emprendí el regreso, ya siendo casi de noche.
Exteriormente, eso es todo lo que pasó. Pero lo importante de este hecho, lo que hace que sea relatado aquí es lo que ocurrió interiormente. Hacía muchísimo tiempo que no caminaba por esta zona más que para ir a esperar el colectivo. A cada paso desperté recuerdos que no sabía que tenía, y eso me llevó a seguir caminando más allá, llegar hasta el colegio, mirar a los alrededores. Siempre a paso lento, dándole tiempo a mi mente de llegar al mismo lugar, pero años antes.
En definitiva, fue una buena distracción para mi mente, algo que últimamente necesito en cantidades. Lo único que lamento, es que me hubiera encantado no caminar solo, y relatar en voz baja a alguien cada recuerdo que iba reviviendo al avanzar.

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